Cazadores: gallareteros

Patxi Serveto / Espacio Natural de Doñana

Reproducimos el artículo de nuestro contertulio Juan Villa publicado el  lunes 19 de septiembre en el diario onubense Odiel Información, hoy El Periódico de Huelva, acompañado de la fotografía de Patxi Serveto de los modernos “gallareteros”  que anillan fochas en vez de cazarlas, tomada en veta de las Tres Puntas (Estación Biológica de Doñana).
 

Cazadores: gallareteros

Juan Villa

Cuando sobre julio o agosto se veían barcas atravesar el Guadalquivir cargadas de hombres –-alrededor de la veintena– seguidas por un burro nadando atado a la popa, sabían los curiosos que se trataba de los “gallareteros” que pasaban a la otra banda a ejercer su eventual y algo grosero oficio estival: la caza de mancones y gallaretas. Si el avistamiento era diurno, se entendía que habían pagado el canon a los guardas de las fincas, un tercio del botín, si era nocturno, eran furtivos.

Aunque esta actividad se llevaba a cabo en todas las poblaciones que rodean Doñana, incluidos los pobladores del interior –-habitantes de La Plancha y otros núcleos–, la palma se la llevaban los sanluqueños, concretamente los de El Barrio, una zona marginal del pueblo habitada por buscavidas, hijos de la ocasión y deudos del azar, gente naturalmente relacionada con “la otra banda”, el reino del acaso y del consuelo. La razón fundamental era que las últimas zonas con agua en verano se concentraban en las honduras del sur del Coto, frente a Sanlúcar, y en ella se concentraban los pájaros huyendo de la sed, y estaban más mano que para los habitantes de los pueblos del norte que debían atravesar kilómetros de marisma calcinada, actividad nada apetitosa para su escaso rédito.

Era la gallareta, por su nulo valor cinegético, la que estaba permitido coger mas más de otra especie de pato, lógicamente, iba al saco. La gallareta muda las plumas todos los años y cuando esto ocurre no pueden volar por lo que resulta muy fácil cogerlas a mano. Es por tanto una suerte de caza nada sofisticada, para la que no se necesitaban ni conocimientos ni medios, algo mezquina, abusiva, por la indefensión del animal, pero los que se tiraban en la marisma diez o doce días al raso sin venir a casa en esas fechas horribles no iban precisamente buscando gloria, blasones ni trofeos.

Los “gallareteros” se organizaban en cuadrillas de cuatro a seis personas yutilizaban dos técnicas: la “bulla” y el “rastro”, ambas de llamativa simpleza. La primera consistía en formar un arco entre los participantes y asustar a los pájaros hasta agruparlos y achantarlos en el agua de donde los tomaban limpiamente con las manos. La segunda se practicaba en aguas muy bajas; se trataba se seguir el rastro que iban dejando en el limo, cuando el pájaro se veía acosado se zambullía y, simplemente, se cogía.

En casi todo sitio, esta caza se dedicaba al autoconsumo, no así en Sanlúcar que suponía cierto negocio, a pesar de ser la carne de gallareta la menos preciada del amplio abanico que ofertaba la marisma. Se calcula entre treinta mil y sesenta mil las gallaretas y mancones que se recolectaban cada año y eran las mujeres de estos deslucidos cazadores las que se encargaban de venderlas en el pueblo, en casas particulares y tabernas, consiguiendo un dinerito para tirar con decencia el verano y acaso algo más, según la pericia de su hombre o de la cuadrilla a la que perteneciera.

A pesar de ser cazadores sin aura, sin vocación, al contrario, por ejemplo, que los venaderos, que desdeñaban estos menesteres, seres por lo general individualistas y anárquicos, que andaban solitarios con nocturnidad y alevosía por esos cotos de dios, estos “gallareteros” practicaban ciertas virtudes curiosas, básicamente la de asumir en grupo las miserias personales. Los menos habilidosos se llevaban el mismo número de piezas que los más diestros, o las multas, en el caso de los furtivos, las asumían todos, cogieran a quien cogieran. Practicaban, aquí sí, maneras de caballeros, esa solidaridad que da militar en la misma cofradía, en la misma orden, de rancio abolengo, aquella de la que fue cátedra el patio de Monipodio, en el Compás del Arenal de la muy noble y decadente Sevilla del Barroco y que tuvo a la muy digna ciudad de Sanlúcar de Barrameda y las míticas almadrabas del Duque como aventajada discípula.

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